Por José María Viñals, director del Máster de Relaciones Internacionales del IEB.
El anterior siglo estuvo marcado por un recurso que lo dictaba todo. Quien controlaba el petróleo, controlaba economías, gobiernos y guerras. La crisis del petróleo de 1973 paralizó Occidente en cuestión de semanas y demostró de manera contundente que el músculo industrial de las democracias dependía de un grifo que otros controlaban. Las colas en las gasolineras de Nueva York, los domingos sin coches decretados por ley en Holanda, o el racionamiento de combustible en Gran Bretaña, fueron un recordatorio de esto.
Detrás de las intervenciones militares en Iraq latía siempre esa misma cuestión: el acceso al crudo. En definitiva, la política exterior de potencias tan distintas como Estados Unidos, la Unión Soviética o Arabia Saudí era, en buena medida, política energética.
El acero contaba la misma historia desde otro ángulo. La capacidad siderúrgica era el medidor del poder nacional. Esta capacidad determinaba cuántos buques de guerra, tanques, o artillería un país podía producir, pero también cuantos kilómetros de ferrocarril podía tender, cuantos puentes y puertos podía construir para vertebrar su territorio, cuántos tractores y cosechadoras podía fabricar para multiplicar la productividad de su agricultura.
El siglo XXI funciona con una lógica diferente. El recurso estratégico ya no se extrae en el Golfo Pérsico ni se funde en los Urales. Ahora se graba en obleas de silicio de apenas dos nanómetros de grosor. La capacidad de cómputo, articulada a través de semiconductores, inteligencia artificial, o procesamiento de datos a escala, es hoy el equivalente funcional del barril de referencia. Y los minerales que la alimentan, véase el litio, cobalto, galio, tierras raras, son el nuevo petróleo: escasos, geográficamente concentrados y políticamente inestables.
Lejos de ser esta una sustitución metafórica, es una realidad más palpable que nunca. TSMC, la taiwanesa que fabrica más del 90% de los semiconductores avanzados del mundo, es hoy una pieza central del tablero geopolítico. Tan grave es el asunto que su posible interrupción, por una crisis en el Estrecho de Taiwán, mantiene en vilo a Washington y Bruselas, pues sería un golpe del que la economía global tardaría años en recuperarse.
Por su parte, China es quien controla el procesamiento de la mayoría de tierras raras y minerales de batería imprescindibles para la industria tecnológica. Esto es una palanca equivalente al embargo del 73, con el inquietante matiz de que nadie ha encontrado todavía equivalente al coche eléctrico como sustituto del petróleo. Para las tierras raras, de momento, no hay alternativa en el horizonte.
La respuesta occidental a esta vulnerabilidad tiene nombre desde hace pocas semanas: Pax Silica. El nombre lo dice todo: Pax, como en la Pax Romana, evoca paz y orden hegemónico impuesto; Silica, por el silicio, el material base de los semiconductores. Vendría a ser algo así como el orden mundial del silicio, o la OTAN del chip. La iniciativa, articulada en la cumbre de Washington del 24 de junio, pretende construir un orden alternativo de suministro y gobernanza tecnológica entre democracias afines…
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Tribuna completa publicada en Expansión.

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