El reto de la longevidad: seguros hasta los 120 años

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Por José Miguel Rodríguez-Pardo, profesor del programa Gestión Global de Riesgos de Entidades Aseguradoras del IEB.

El análisis de los elementos que determinarán la longevidad en este siglo XXI nos ayuda a entender la posición prudencial de la industria aseguradora al enfrentarse a este riesgo. A. Klein, de la International Actuarial Association, considera que los once elementos que determinan la mortalidad son: el envejecimiento, las catástrofes, las enfermedades, el medio ambiente, el sistema sanitario de salud y cuidados médicos, la desigualdad, el estilo de vida, los avances médicos, la política, los avances tecnológicos y aquello que hoy no conocemos. Todos estos elementos nos presentan un panorama que hace difícil evaluar el futuro de la longevidad humana sobre todo en sus elementos más disruptivos.

Sabiendo la dificultad que supone realizar tendencias, incorporando los efectos posibles de estos avances médicos/tecnológicos, acudimos a Guy Coughlan, Chief Risk Officer de Universities Superannuation Scheme ( USS), quien proyecta la reducción de mortalidad según distintos grupos socioeconómicos y concluye que tomando 2010 como base 100 de mortalidad para un varón de 60 años de edad; en 2050 la reducción para la clase socioeconómica alta sería del 60% y si se consideran todas las posibles mejoras la reducción alcanzaría el 80%.

Por ello, el sector asegurador –al comercializar productos de riesgo vitalicio asociados a la biometría humana– mantiene una postura de extrema prudencia ante la incertidumbre que presenta medir a largo plazo la longevidad humana. Cabe destacar además que los requerimientos de capital que exige la normativa de Solvencia para suscribir este riesgo hacen que, en entornos de tipos de interés bajos como el actual, estos productos no sean atractivos para el asegurado, y el asegurador siga manteniendo cierta aversión al riesgo vitalicio.

Si analizamos los últimos datos y proyecciones en la supervivencia humana para entender las incertidumbres a las que se enfrenta el asegurador que desea cumplir con su función social de cubrir riesgos de retiro, que técnicamente se denomina fase de desacumulación, los datos más recientes relativos a la tendencia de la supervivencia procedente de Estados Unidos y de Gran Bretaña, sugieren que el ritmo de mejora de la longevidad humana pudiera haber iniciado un proceso de desaceleración.

En efecto, según un informe de la sociedad de actuarios de los EEUU para personas mayores de 50 años, las mejoras anuales en la supervivencia fueron del 1% de media desde 1950 y del 0,5% de 2010 a 2014. La actualización de estas proyecciones de longevidad acortada realizada en 2014, por los actuarios supone una revisión a la baja de los pagos a realizar a los rentistas de los fondos de pensiones.

Los expertos en el análisis de la tendencia demográfica atribuyen esta desaceleración a las enfermedades cardiovasculares, si entre los años 1968 a 2010, un 70% se puede atribuir a esta causa de mortalidad. En el periodo 2011 – 2016 se suman otras causas como el cáncer. Las estatinas, medicamento que se prescribe para la reducción del colesterol desde los años noventa del siglo XX, ha sido el motor principal de reducción de la mortalidad cuyo efecto incremental en la mejora de la supervivencia no se volverá a producir. Los demógrafos y actuarios han valorado si esta reducción en el ritmo de mejora es puntual o es una tendencia a medio/ largo plazo. Por tanto, la resistencia de la industria aseguradora en la comercialización de seguros de rentas vitalicias –basada en la incertidumbre de las proyecciones más recientes de longevidad– podría quedar despejada.

Ante este escenario de claroscuros, proponemos el modelo de la cuarta edad, donde la longevidad desde la edad de jubilación se divide en dos periodos, uno desde la jubilación hasta los 85 años, este periodo no tiene especial riesgo desde la incertidumbre aseguradora; y un segundo periodo, la cuarta edad, desde los 85 años hasta el límite de la supervivencia humana,120 años. En este segundo periodo el asegurador se reservaría la opción de revisar los cálculos de la renta vitalicia según las bases técnicas de longevidad que hubiera al inicio de este periodo. Esta fórmula que ciertamente mitiga el riesgo de longevidad, puede ser una vía prometedora que explorar por la industria.

 

Tribuna publicada en Cinco Días

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