Por qué tu mente te impide ganar en bolsa

La teoría económica ha defendido tradicionalmente que los mercados son eficientes y que los inversores toman todas sus decisiones de forma racional. Es decir, saben lo que quieren, analizan toda la información disponible antes de actuar, y comprenden perfectamente todos los riesgos y beneficios de sus decisiones.

Esta visión comenzó a cambiar gradualmente a partir de los años 70, con la aparición de la economía conductual. Esta teoría sostiene que las personas no somos tan racionales, y no nos movemos solo por lo que necesitamos a la hora de tomar una decisión de inversión, sino que también influyen nuestras preferencias, nuestros gustos y, sobre todo, nuestras emociones. La psicología económica ha cobrado importancia con el paso de los años y, el mejor ejemplo de ello, es que su padre, Richard Thaler, ganó en 2017 el premio Nobel de Economía.

Nuestra mente recurre a los llamados sesgos conductuales, atajos para tomar decisiones rápidas, automáticas e intuitivas. En una de sus guías para inversores, la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) recoge las trampas más frecuentes que puede tendernos nuestra mente a la hora de tomar decisiones de inversión.

Exceso de confianza: Es la tendencia a sobreestimar nuestros conocimientos y juicios subjetivos, sin tener en cuenta la diferencia entre lo que sabemos realmente y lo que creemos saber. El inversor con exceso de confianza infravalora los riesgos de su inversión y sobreestima las posibles ganancias. Para evitarlo, es aconsejable reflexionar sobre cuál es nuestro perfil de inversor, cuál es nuestra tolerancia a las pérdidas y si el riesgo que estamos asumiendo es compatible con nuestra situación financiera.

Ilusión de control: Es la tendencia a creer que se dispone de la capacidad de influir en algo que está objetivamente más allá de nuestro control. Puede llevar al inversor a asumir riesgos excesivos al confiar en que se controlan los vaivenes del mercado, gracias a los análisis realizados y la información de la que se dispone. Ante este sesgo, se recomienda no realizar excesivas operaciones con la esperanza de ‘ganar al mercado’. Con la tecnología actual es muy sencillo dedicarse al trading, pero sin la formación adecuada, estas operaciones pueden ser peligrosas.

Confirmación: Consiste en interpretar la información recibida o buscar nuevas informaciones que confirmen nuestras ideas preconcebidas. Los inversores tienden a buscar información de modo selectivo, para respaldar sus opiniones. La mejor forma de evitar este sesgo es leyendo de forma crítica la información que nos suministre nuestro asesor o entidad, para ayudarnos a tomar decisiones de forma fundada.

Anclaje: Es la predisposición a dar más peso a la información obtenida en primer lugar que a una información nueva que la contradice. Este sesgo se presenta cuando el inversor invierte en base a la rentabilidad pasada de un activo o producto, y no tiene en cuenta posibles riesgos.

Autoridad: Es la tendencia a sobreestimar las opiniones de ciertas personas o firmas por el hecho de ser quienes son, sin someterlas a juicio previo. Es importante comprender que nadie puede predecir el rumbo de los mercados y que ciertas recomendaciones pueden no ajustarse a nuestro perfil de riesgo o nuestras necesidades financieras.

Efecto Halo: Es la predisposición a juzgar a un gestor, entidad o institución en base a una única cualidad positiva o negativa. El ejemplo más claro es valorar un producto financiero como bueno o malo tomando como referencia un único dato: los resultados de la empresa, la popularidad de un gestor, etc. Es importante valorar primero si un producto es adecuado o no para nuestro objetivo de inversión o para nuestro perfil de riesgo.

Prueba Social: Es la tendencia a imitar las acciones que realizan otras personas. Con este sesgo, los inversores no saben cómo comportarse y se dejan guiar por las decisiones de otros, asumiendo que tienen más conocimiento. La CNMV recomienda evitar «las modas y gurús de turno, así como la toma de decisiones de inversión basadas en rumores o confidencias». En estos casos es aconsejable buscar asesoramiento profesional.

Descuento hiperbólico: Es la propensión a buscar recompensas pequeñas e inmediatas frente a recompensas mayores a largo plazo. Este sesgo puede llevar al inversor a deshacer una inversión pensada para el largo plazo y adecuada a su perfil, en función de los cambios del mercado o de la aparición de nuevos productos. Esto conlleva costes y riesgos asociados.

Aversión a las pérdidas: Con este sesgo, los inversores se dejan llevar más por el miedo a las pérdidas que por las posibles ganancias. Este temor puede llevar a los inversores a mantenerse alejados del mercado en vísperas de un rebote o a no deshacer una posición con la esperanza de que se produzca una recuperación que nunca llega a materializarse.

Efecto miopía: Es la tendencia a evaluar constantemente el valor de la cartera y sobrerreaccionar a las noticias que se producen en el día a día. Es importante comprender el concepto de volatilidad y pensar a largo plazo, en unos plazos y objetivos de inversión concretos.

Statu Quo: Este sesgo lleva al ahorrador a tomar como punto de referencia la situación actual y considerar cualquier cambio como una pérdida.

Predisposición al optimismo: Es la tendencia a sobreestimar la probabilidad de que produzcan situaciones positivas, e infravalorar los riesgos. En resumen, tener una visión excesivamente positiva sobre los mercados.

Falacia del coste hundido: Este sesgo lleva a los inversores a no vender un activo que genera pérdidas por miedo a perder parte de lo invertido. Durante la crisis, muchos inversores se quedaron atrapados en empresas del mercado continuo que acabaron en concurso de acreedores, porque tenían la esperanza de que los precios de la acción se recuperarían algún día.

 

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