Por Pedro Fernández Hernández, Profesor de ética de los negocios, deontología profesional y filosofía política del IEB.
La democracia española afronta el segundo semestre de 2026 con el desafío de recuperar la confianza de los ciudadanos en la política como el mejor modo de velar por el bien común. Es cierto que vistos los antecedentes parece un objetivo cada vez más difícil de alcanzar.
Los sucesivos barómetros del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS), junto con diversos estudios nacionales e internacionales, reflejan una ciudadanía cada vez más crítica con el funcionamiento de la política, llegando a considerarla entre los mayores problemas para el correcto desarrollo de la sociedad. También los indicadores de Transparencia Internacional alertan desde hace años de la necesidad de reforzar la integridad pública, la transparencia y los mecanismos de rendición de cuentas.
El Índice de Percepción de la Corrupción (2025) sitúa a España con solo 55 puntos sobre 100 y en la posición 49 de 182 países. Y como recuerda la pensadora Adela Cortina, la confianza ciudadana es uno de los pilares sobre los que se construye y sostiene la democracia.
Esa espiral de desconfianza en la que la política española lleva tiempo inmersa es debido a un conjunto de factores. La corrupción económica, la polarización incesante de los discursos, la personalización llevada al extremo en los debates parlamentarios y la judicialización de los conflictos políticos han minado la credibilidad.
Parece que todo vale para obtener rédito político. Se ha llegado a normalizar la práctica de atacar a los rivales en lugar de debatir ideas y el ejercicio del poder por el poder ha sustituido a la acción de gobierno en beneficio de la comunidad. La política se ha convertido en un cálculo de ventajas
partidistas antes que en una vocación de servicio público. Autores como el sociólogo alemán Ulrich Beck habla de la sociedad del riesgo. Pierre Rosanvallon identifica el surgimiento de una auténtica sociedad de la desconfianza que aquejan a las democracias contemporáneas. Y el sociólogo alemán Niklas Luhmann explica que la confianza reduce la complejidad social y que cuando desaparece, cada decisión pública comienza a interpretarse bajo el prisma de la sospecha.
El resultado de todo ello es una espiral de desconfianza donde cualquier actuación institucional, por correcta que sea jurídica y políticamente analizada desde un enfoque meramente aséptico y objetivo, encuentra enormes dificultades para ser aceptada socialmente.
No parece razonable pensar que a corto plazo desaparecerá la tensión política. Todo apunta a que continuará siendo elevada. Sin embargo, precisamente en escenarios de máxima confrontación pueden aparecer oportunidades inesperadas donde la ejemplaridad adquiera auténtica relevancia. Porque es la ejemplaridad la que puede salvar a las democracias de la actual deriva.
Las sociedades maduras no se distinguen porque carezcan de conflictos, sino porque disponen de instituciones capaces de gestionarlos con integridad, respeto y responsabilidad, y en las que los ciudadanos puedan verse reflejados de forma auténtica.
Como mantiene Javier Gomá, «nuestra vida privada ofrece siempre el cuerpo de un ejemplo positivo o negativo para nuestro círculo de influencia». En la práctica política esto significa que actuar legalmente no basta si falta el espíritu ético. En su obra Ejemplaridad pública, Gomá insiste en que «todos somos ejemplares para todos»: nuestras acciones, buenas o malas, se propagan socialmente. Ese efecto multiplicador de los ejemplos explica por qué el comportamiento individual de los responsables públicos es tan decisivo.
Pero no podemos ser ingenuos y pensar que solo la acción individual ejemplar resolverá los problemas. Hacen falta mecanismos jurídicos que protejan la ejemplaridad de determinados intereses personales egoístas. En este contexto, la transparencia tendrá que dejar de ser una política complementaria o un mero ideal para convertirse en un elemento central que sostenga la ejemplaridad pública.
La rendición de cuentas en el sentido de explicar mejor las decisiones, facilitar el acceso a la información, reforzar los órganos independientes de control y asumir responsabilidades políticas cuando objetivamente corresponda pueden convertirse en instrumentos eficaces para fortalecer las instituciones y crear las condiciones adecuadas para extender la ejemplaridad en toda acción pública.
Quizá veamos una gran oportunidad en el segundo semestre de 2026 que permita recuperar esa cultura política. Los ciudadanos no deben esperar gobiernos infalibles, pero sí deben exigir gobiernos responsables. No deben exigir dirigentes perfectos, pero sí deben reclamar dirigentes que expliquen sus decisiones, asuman sus errores y sitúen de verdad el interés general por encima de la ventaja partidista.
Lo contrario es caer en la resignación de pensar que no hay solución. Acostumbrarnos a la polarización extrema y a los escándalos como algo normal. Pensar que tenemos lo que nos merecemos entrando en un bucle de negatividad del que no podemos salir. De hecho, Rosanvallon advierte que la desconfianza puede convertirse en una espiral destructiva si no se gestiona correctamente.
En definitiva, los ciudadanos no debemos pedir perfección, sino responsabilidad. Debemos esperar líderes que expliquen bien sus decisiones, admitan equívocos y dejen claro que el bien común vale más que el rédito partidista inmediato. La pensadora Sissela Bok lo resumió así: la confianza es «la
atmósfera en que prospera todo aquello que importa a los seres humanos.» Recuperar esa atmósfera es posible, pero lleva tiempo. Lo importante es el mensaje coherente y las acciones honestas.
Y Gomá reafirma la idea de que tu ejemplo debe producir en los demás una influencia civilizadora. Esto nos recuerda a todos, políticos y ciudadanos, la responsabilidad que tenemos con el legado común. A lo mejor, entre tanta incertidumbre, agresividad, y desapego social, surge en los próximos meses una llama de esperanza para construir bases más sólidas que desarrollen sociedades mejores. Y esa es una labor compartida que nos concierne a todos.

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