Por Borja Durán, CEO de Wealth Solutions y director del Programa de Gestión Patrimonial Familiar del IEB.
Una familia puede dedicar años a construir un patrimonio y apenas unas horas a explicar a la siguiente generación cómo gestionarlo. Esa diferencia importa. Cuando los hijos reciben participaciones empresariales, inversiones o inmuebles sin conocer las decisiones que hay detrás, heredan activos, pero no la capacidad de administrarlos. La formación financiera ayuda a cerrar esa brecha y debería ocupar un lugar permanente en la planificación patrimonial familiar.
Transmitir patrimonio no es solo transmitir activos: es transmitir conocimiento, criterio y responsabilidad
El patrimonio de una familia es más amplio que su cartera de inversión. Incluye empresas, propiedades y otros activos, pero también acuerdos entre familiares, órganos de gobierno y una idea compartida de lo que se quiere preservar. Por eso, aprender a gestionarlo exige bastante más que entender qué es un fondo o leer la rentabilidad de una cartera. Exige saber para qué se invierte, qué riesgos puede asumir la familia y cómo las decisiones financieras se conectan con sus necesidades y proyectos de vida.
Una buena formación empieza con preguntas concretas. ¿Cuánta liquidez necesita la familia para vivir y atender sus compromisos? ¿Qué parte del patrimonio puede invertirse a largo plazo? ¿Cómo se comparan los riesgos de una empresa familiar con los de una cartera financiera? ¿Quién decide una inversión relevante y con qué información? Responderlas permite construir una política de inversión comprensible, con objetivos, límites y responsabilidades definidos. También facilita revisar esa política cuando cambian las circunstancias, en lugar de reaccionar a los movimientos del mercado.
El IEB, referente en formación financiera en España, ofrece el entorno idóneo para prepararse en la gestión y preservación del patrimonio familiar.
La formación mejora también la relación con asesores y entidades financieras. Nadie necesita volverse especialista en todas las clases de activos. Sí conviene poder comparar propuestas, preguntar por costes y liquidez, entender los riesgos principales y reconocer cuándo una recomendación no encaja con los objetivos de la familia. Una persona formada puede delegar la ejecución sin perder el criterio. Esa capacidad vale especialmente en patrimonios complejos, donde intervienen distintas entidades, jurisdicciones y profesionales.
La preparación de los herederos merece atención específica. Con frecuencia se espera que participen en decisiones importantes el día que reciben una responsabilidad formal. Sería más sensato incorporarles antes, de manera gradual: primero ayudándoles a entender la composición del patrimonio y las necesidades que atiende; después invitándoles a observar un comité de inversión o una reunión de seguimiento; y finalmente dándoles espacio para analizar propuestas y defender sus propias conclusiones. Aprender con tiempo y acompañamiento reduce la incertidumbre cuando llega el relevo.
También importa adaptar la enseñanza a cada persona. Quien va a dirigir una empresa familiar necesita conocimientos distintos de quien participará en un consejo de familia o supervisará inversiones. La edad, la experiencia y el interés de cada miembro son igualmente relevantes. El objetivo es que todos compartan un lenguaje básico y entiendan cómo sus decisiones afectan al conjunto, sin exigirles el mismo grado de especialización.
La formación académica aporta otra dimensión a ese aprendizaje. Desde 2009 dirijo el Programa de Gestión Patrimonial Familiar del IEB, una institución de referencia en España en formación financiera y, por ello, un entorno especialmente adecuado para estudiar la gestión patrimonial con una perspectiva amplia y conectada con la práctica. El análisis de inversiones se relaciona allí con los retos que afrontan las familias al organizar, preservar y transmitir su patrimonio. Lo que confirma la experiencia docente año tras año es algo que también se observa en el trabajo diario con familias: los casos concretos y el debate entre disciplinas (derecho, fiscalidad, psicología, finanzas) ayudan a tomar mejores decisiones que cualquier definición aislada. Las familias que se forman juntas desarrollan además un lenguaje común que luego facilita los acuerdos difíciles.
Ese lenguaje compartido tiene más valor del que parece. Muchos conflictos patrimoniales no nacen de la falta de recursos ni de malas inversiones, sino de expectativas distintas sobre lo que el patrimonio debe hacer y para quién. La formación no elimina esas diferencias, pero crea un marco para discutirlas antes de que se conviertan en problemas. Una familia que ha debatido juntos sus objetivos, sus límites y sus criterios está mejor preparada para tomar decisiones bajo presión.
Invertir en formación no garantiza que todas las decisiones salgan bien. Los mercados cambian, las familias evolucionan y siempre habrá incertidumbre. Pero sí mejora la calidad de las preguntas, la claridad de los acuerdos y la capacidad de actuar cuando surgen dificultades. Una familia que entiende su patrimonio puede decidir con mayor autonomía, evaluar mejor el asesoramiento que recibe y preparar el relevo con menos improvisación.
La transmisión patrimonial comienza mucho antes de una herencia. Comienza cuando una generación comparte con la siguiente lo que ha construido, por qué tomó determinadas decisiones y qué responsabilidades acompañan a esos recursos. Formar a la familia es una manera de cuidar el patrimonio y de preparar a quienes deberán darle continuidad.
Tribuna publicada en el Economista.

Estás en Inicio » Actualidad » Alumni » Formar a la familia para cuidar su patrimonio