España tiene ahorro. Ahora necesita ponerlo a trabajar

cerdito ahorro

Por Rafael Pampillón, Profesor de Economía Aplicada del IEB.

España no tiene un problema de falta de ahorro. El problema es qué hacemos con él.

Millones de españoles mantienen buena parte de sus ahorros en depósitos y productos de bajo riesgo. Es una decisión comprensible: necesitamos tener una parte de nuestro dinero disponible y la seguridad sigue siendo un factor esencial para muchas familias. Pero también deberíamos preguntarnos qué ocurre con el ahorro que no vamos a necesitar a corto plazo. ¿Puede trabajar mejor para nuestro futuro?

Esta es, en buena medida, la cuestión que plantea la Unión del Ahorro y la Inversión y que debería acercarse mucho más al ciudadano. Porque detrás de un concepto que puede sonar lejano y europeo hay algo muy sencillo y cotidiano: qué hacemos con nuestro dinero y cómo conseguimos que conserve su poder adquisitivo y, al mismo tiempo, contribuya a financiar a las empresas, la innovación y el empleo.

En el marco del Día de la Educación Financiera, el mensaje debe ser sencillo: una vez reservado el dinero que podemos necesitar, debemos plantearnos si una parte de nuestros ahorros puede obtener una mayor rentabilidad a largo plazo. Pero hacerlo exige conocer también los riesgos.

Invertir no es apostar. Comprar acciones significa participar en una empresa; invertir en bonos o fondos implica asumir unas determinadas características de rentabilidad y riesgo. Y, en todos los casos, hay que entender dónde ponemos nuestro dinero.

España necesita avanzar hacia una cultura de inversión más extendida, en la que invertir pequeñas cantidades de forma periódica, diversificada y con una perspectiva de largo plazo deje de parecer una actividad reservada a expertos o a grandes patrimonios.

Para conseguirlo no basta con pedir al ciudadano que se forme. La educación financiera es necesaria, pero no suficiente. También necesitamos productos comprensibles, costes contenidos, transparencia, asesoramiento de calidad y una fiscalidad sencilla y estable. Y los bancos tienen un papel fundamental: deben ayudar a sus clientes a distinguir entre el dinero que necesitan mantener disponible y el ahorro que pueden destinar a objetivos de largo plazo, explicándoles con claridad qué compran, cuánto pagan y qué pueden perder.

La experiencia de países como Dinamarca, Países Bajos o Suecia demuestra que una cultura inversora no se construye de un día para otro. Sino durante décadas, facilitando el ahorro a largo plazo, desarrollando sistemas de pensiones de capitalización y haciendo que la inversión forme parte de la planificación financiera habitual de las familias.

España tiene, por tanto, una oportunidad: hacer que ahorrar e invertir formen parte de una misma conversación. Que el ciudadano no tenga que elegir entre seguridad y crecimiento, sino que aprenda a determinar qué parte de su dinero necesita para el presente y qué parte puede poner a trabajar para el futuro.

Porque ahorrar es el primer paso. Aprender a invertir ese ahorro de forma responsable es lo siguiente. Creo que todavía está lejos del ciudadano de a pie. «Unión del Ahorro y la Inversión» suena a Bruselas, cuando en realidad se trata de algo muy cotidiano y necesario: qué hacemos con nuestros ahorros y cómo conseguimos que no pierdan poder adquisitivo y, además, contribuyan a financiar a las empresas, la innovación y el empleo.

Europa no tiene un problema de falta de ahorro, sino de canalización de ese ahorro. Los hogares europeos mantienen aproximadamente un tercio de sus activos financieros en depósitos, frente a alrededor del 12 % en Estados Unidos. El resultado es paradójico: Europa ahorra mucho, pero una parte importante de ese dinero no llega directamente a los mercados de capitales ni financia el crecimiento de sus empresas.

No hace falta ser economista para invertir, pero sí entender unas pocas ideas fundamentales.

La primera es la relación entre rentabilidad y riesgo: una rentabilidad esperada mayor suele exigir asumir más riesgo. La segunda es la inflación: dejar durante muchos años el dinero prácticamente sin remunerar te hace perder poder adquisitivo. La tercera es la diversificación: no poner todos los huevos en la misma cesta. La cuarta es el horizonte temporal: no debería invertirse en activos de riesgo el dinero que vamos a necesitar dentro de unos meses. Y la quinta es comprender el efecto que tienen a largo plazo el interés compuesto.

También hay que enseñar algo quizá todavía más importante: desconfiar de quien promete rentabilidades extraordinarias sin riesgo.

Ahora bien, sería un error trasladar toda la responsabilidad al ciudadano. Podemos impartir mucha educación financiera, pero si después el ahorrador se encuentra con productos incomprensibles, comisiones elevadas o una fiscalidad agobiante, seguirá refugiándose en aquello que conoce: el depósito. Los bancos tienen aquí una responsabilidad especial. No basta con entregar un folleto para cumplir un trámite: deben ser capaces de explicar al cliente, en un lenguaje que entienda, qué compra, cuánto paga y qué puede perder.

La educación financiera y unos buenos mercados son complementarios. Hay que enseñar al ciudadano a invertir mejor, pero también hay que construir un sistema en el que invertir bien resulte sencillo. Ese es uno de los grandes retos de la Unión del Ahorro y la Inversión.