Alumni del mes: Antonio Benítez Cordobés

Alumni del mes Antonio Benítez

Antonio Benítez ha conocido la enseñanza en el IEB desde los dos extremos del aula: como alumno de la Doble Titulación de Grado en Derecho y Máster en Bolsa (2021-2025); y, desde este año, como profesor de debate y oratoria.

Pese a su juventud, desde el primer momento mostró su pasión por el mundo jurídico y su búsqueda de la excelencia. Cualidades que le llevaron a ser finalista el pasado año del XXV Premio Jóvenes Juristas.

Ha sido especialista en Compliance en las oficinas de BBVA en Nueva York, profundizado en el legaltech en el Departamento de Tecnología y Derecho de Telefónica; y trabajado para firmas financieras y bufetes convencionales.

En definitiva, una experiencia muy diversa e intensa que le han permitido conocer de primera mano las finanzas, el Derecho, el compliance, el legaltech, la docencia y el arte de la oratoria. Por eso, lo hemos elegido como Alumni del mes, para que comparta su experiencia y consejos con los alumnos que aún están en las aulas o dando sus primeros pasos en el mundo profesional.

 

¿Qué te llevó a estudiar en el IEB?

Sin duda, la posibilidad de estudiar Derecho junto con un máster en bolsa y mercados financieros, algo que muy pocos centros ofrecen, además del magnífico claustro de profesores. Nunca me he arrepentido de esa decisión: creo que el IEB me ha aportado habilidades y conocimientos que no veo en perfiles muy parecidos al mío.

¿Hay algún profesor o asignatura que marcara un antes y un después en tu manera de pensar o que recuerdes con especial cariño?

Podría nombrar a muchísimos. Para empezar, don Daniel Berzosa me enseñó, en primero de carrera, que el Derecho es constancia y esfuerzo. Don Antonio Bustos enamoraba al hablar: te hacía sentir intelectualmente insignificante y, a la vez, te llenaba de ganas de trabajar para parecerte en algo a él.

Don Diego Vigil representó para mí la cara más clásica del Derecho: técnica depurada, conocimientos profundos e inspiración. Desde su primera clase ha sido inspiración, consejero y amigo, y su manera de individualizar los contenidos para sacar lo máximo de cada alumno es digna de encomio.

Don Luis Miguel Pérez Aguilera era frescura, y de él aprendí que para transmitir hay que ser sencillo, pero que eso no significa renunciar a la exigencia.

También fueron importantes para mí la pasión por su materia de Matilde Alcaide y Álvaro Drake, la conexión que establecía José Enrique Conde con los alumnos, la paciencia del añorado Ignacio Gordillo y la finura de Javier Torre de Silva.

Por supuesto, aprendí grandes lecciones de vida de mis maestros de debate, especialmente de Javier Aznarte Lozano.

Escoger a un solo profesor de entre el excelente elenco que me acompañó durante mis años en el IEB es extremadamente complicado, y probablemente me deje a alguno de gran talento en el tintero, por lo que pido disculpas. La realidad es que de todos ellos he obtenido grandes lecciones.

¿Qué consejo le darías a un estudiante de derecho que no sabe en qué especializarse?

No hay que tener demasiada prisa. La carrera de Derecho sirve, en ocasiones, para orientarnos sobre lo que queremos hacer el resto de nuestra vida. Quizá uno toma una decisión que se revela errónea a los pocos meses de elegir camino, o a lo mejor pasan años hasta que decide cambiar de rumbo. Otros muchos estudiantes simplemente no descubren su vocación durante la carrera. Todo esto es perfectamente normal: no te hace menos válido como jurista ni debe ser motivo de comparación con los compañeros que han tenido la suerte de encontrar su vocación pronto.

Partiendo de esta premisa, esencial para no generar presiones innecesarias, me permito dar tres consejos a los nuevos estudiantes de Derecho del IEB.

Primero, poned el mismo esfuerzo en todo lo que hagáis. Por poco que pese una asignatura, un tema o una materia, nunca se sabe dónde surgirá una oportunidad ni si acabará siendo vuestra área de especialización.

Segundo, participad en cuantas actividades externas podáis. La vida universitaria tiene momentos de diversión, fiesta y alegría, pero no deben eclipsar el verdadero motivo por el que estudiáis, que no es otro que aprender y labraros una carrera profesional. Igual que todos sacamos tiempo para el esparcimiento, también hay que buscarlo para colmar la curiosidad intelectual que cada uno tenga. Recuerdo que en mis primeros años en el IEB acudía a todo tipo de charlas, la mayoría con la casi absoluta certeza de que no me interesarían, pero sabiendo que podía aparecer un ponente que me cambiase la perspectiva sobre alguna materia. Es una práctica muy beneficiosa: permite aprender de todo e ir enfocando el futuro que cada uno pretende construir.

Tercero, nutriros de los profesores que os rodean. Una de las principales ventajas de estudiar en el IEB es la cercanía del profesorado, y conviene aprovecharla para establecer relaciones que os permitan descubrir a qué se dedican, si os recomiendan un camino u otro, por qué no os gusta su asignatura o por qué, pese a encantaros, no es el camino de rosas que imaginabais. Todo esto se aprende hablando con la gente. Uno de los peores errores que podemos cometer como estudiantes es pasar por la universidad como quien camina hacia ningún lugar. Hay que nutrirse, aprender y equivocarse.

Creo que, si se aplican estos consejos durante los años de estudio, como mínimo se podrá decir que no se ha pasado de puntillas por la universidad.

Has conocido la docencia como alumno y profesor ¿Cómo ha cambiado tu experiencia al estar al otro lado del aula?

He aprendido muchísimo más como profesor que como alumno. Buena parte de esta lección ya la aprendí mientras estudiaba, con mis compañeros, con quienes pasaba horas explicándonos unos a otros los temas de clase. Al fin y al cabo, para explicar algo con claridad es necesario conocerlo en profundidad, de modo que enseñar exige un aprendizaje previo que se consolida cuando lo explicas a tus alumnos. Creo que es el mayor cambio de perspectiva cuando pasas al otro lado del pupitre.

¿Qué consejo le darías a un estudiante que tiene un currículum sólido pero le cuesta «venderse»? ¿Qué consejos le darías tanto de cara a un proceso de selección como a mejorar sus presentaciones ante un tribunal? ¿Cómo puede controlar su miedo escénico y mejorar sus habilidades oratorias?

Empezaré por lo último: el miedo escénico, las dificultades para hablar en público y la vergüenza se solucionan practicando. Tan sencillo y tan complejo. En mi caso, tuve la suerte de integrarme desde mi primer año en el IEB en su club de debate, del que obtuve enormes enseñanzas y que, además de cumplir su función propia, me ayudó a mejorar en mis estudios y exámenes. Recomiendo a todos los alumnos que se apunten.

En cuanto a «venderse», creo que muchas veces se confunde con presumir, y no tiene nada que ver. Venderse bien es ser capaz de explicar con claridad y sin complejos qué has hecho, qué has aprendido de ello y qué puedes aportar. Un currículum sólido dice lo que has hecho, pero en una entrevista o ante un tribunal hay que contar el porqué y el cómo. Por eso aconsejo repasar cada línea del currículum y preparar de antemano qué aprendiste en cada experiencia, con ejemplos concretos, porque nadie se cree lo que no puede sostenerse con una anécdota o un resultado.

De cara a un proceso de selección, además de conocer bien la firma o la institución a la que te presentas, conviene ser natural y honesto. Es preferible reconocer que no sabes algo a improvisar una respuesta, y quien entrevista suele valorar más la sinceridad que la impostura. También ayuda llevar preguntas preparadas: demuestran interés y convierten la entrevista en una conversación.

Ante un tribunal, lo esencial es la estructura y el orden. Conviene ir al grano, empezar por la conclusión y desarrollar después los argumentos, ensayar en voz alta y con tiempo, y escuchar la pregunta completa antes de responder. Si la pregunta es difícil, no pasa nada por tomarse unos segundos para pensar: un silencio breve transmite más seguridad que una respuesta atropellada.

No obstante, considero que a menudo se nos impone una presión social implícita demasiado elevada para adoptar posiciones de adulto profesional cuando aún somos adolescentes recién llegados a la universidad. La mayoría de las personas que me han rodeado durante mis estudios han mejorado sus habilidades conforme maduraban, y creo que podría considerarse una regla general.

Fuiste finalista de los Premios Jóvenes Juristas de Garrigues ¿Qué significó para tu carrera y tu confianza profesional?

Jóvenes Juristas fue para mí el culmen de una etapa que nunca quise que terminase. Recuerdo que en primero de carrera, en plena vorágine de curiosidad, acudí con un querido amigo de clase a la presentación del premio. No estábamos ni cerca de cumplir los requisitos para participar, pues está dirigido a alumnos de último curso de grado. Desde entonces he seguido cada presentación con la ilusión propia de quien participa en él. Por eso, el mero hecho de superar el filtro de acceso, algo ya complicado, me llenó de alegría. La preparación fue entretenida y retadora y, finalmente, probablemente porque la suerte quiso estar de mi lado el día de la prueba, alcancé la final.

Más allá de lo que aprendí con la preparación, de la repercusión que tuvo o de las ventajas que obtuve, Jóvenes Juristas representa una etapa preciosa. Para mí no fue un certamen de un par de meses, sino que abarcó toda mi etapa universitaria. Mi agradecimiento a las instituciones organizadoras debe quedar siempre claro, y así les consta. Sin embargo, quienes participamos en el premio a menudo olvidamos a las instituciones que nos han permitido alcanzar el nivel necesario para estar ahí, y eso es algo que debo agradecer al IEB.

Por tu experiencia, ¿Cómo crees que está cambiando la IA el día a día de los despachos de abogados o de los departamentos jurídicos?

Es innegable que la IA es una realidad en los despachos de abogados: se utiliza en todos y, probablemente, cada vez más. Ante esta evidencia cabe preguntarse si la IA sustituirá a los abogados y a los profesionales legales. Desde mi perspectiva, la respuesta debe ser un rotundo no. En primer lugar, porque las personas aportamos una confianza que una máquina difícilmente puede transmitir, especialmente cuando están en juego bienes jurídicos de gran valor para los justiciables o clientes. En segundo lugar, porque las inteligencias artificiales actuales recopilan información existente en internet o en bases de datos, de modo que pueden fallar ante una cuestión no resuelta previamente, o cuya resolución no se ha hecho pública. En tercer lugar, porque la IA suele ofrecer soluciones genéricas que difícilmente encajan con las expectativas de un cliente sofisticado.

Esto no significa que una eventual evolución de la tecnología, que dudo que mantenga el ritmo actual, no pueda alterar de forma notable el escenario descrito.

Sí observo cierto riesgo de que los abogados perdamos nuestro sentido jurídico por un exceso de IA. Igual que en el colegio te castigaban por copiar de una web cuando te pedían que investigases sobre un tema, creo que el mercado castigará a los abogados que hagan un uso excesivo y automático de la IA, es decir, que introduzcan un prompt y entreguen la respuesta como dictamen. Como herramienta para aumentar la eficiencia es magnífica y no hay que desaprovecharla, pero un uso irresponsable puede dar a los clientes la percepción de que falta valor añadido, lo que haría injustificables las minutas que se les cobran.

¿Crees que el abogado del futuro necesitará entender de programación o saber aplicar la tecnología a su día a día?

Son cuestiones distintas. Saber programar excede de las habilidades que un abogado debe poseer necesariamente, pero saber usar la tecnología es esencial, hoy y desde hace bastante tiempo.

Muchas personas se encandilan con las inteligencias artificiales y les dan un bombo mayor del que merecen, pero no dominan herramientas básicas de ofimática imprescindibles en cualquier trabajo. Por ahora nada indica que programas como Word o Excel vayan a ser sustituidos a corto o medio plazo, así que abordar el mundo laboral sin dominarlos es un error grave, que se puede resolver fácilmente con algo de dedicación durante los años de estudio. La tecnología también abarca, y por tanto debe dominarse, las bases de datos jurídicas más conocidas en España, que ahorran tiempo y esfuerzo en las búsquedas jurisprudenciales.

No descarto incluso que en el futuro se realicen pruebas de ofimática o de programas especializados para acceder a despachos de abogados o a bancos, porque no saber utilizarlos supone una evidente desventaja en el mercado, tanto para el profesional como para la empresa que lo contrata.

Sin perjuicio de lo anterior, un abogado que domine la programación tendrá, evidentemente, una ventaja competitiva, siempre que el despacho en el que trabaje permita aplicarla.

¿Crees que la IA reduce o aumenta la importancia del criterio humano dentro de la abogacía?

Creo que debería aumentarla, aunque muchos se esfuercen en reducirla. El criterio humano es hoy insustituible. Para empezar, las personas aportamos experiencia y empatía, algo que las IA difícilmente pueden ofrecer. Pero además, la IA genera, como en su momento internet, una democratización de conocimientos y capacidades que produce cierta igualación entre los distintos operadores jurídicos del mercado.

Por ejemplo, en los despachos existen tareas de poco valor añadido que antiguamente requerían a decenas de juniors trabajando manualmente. Eso otorgaba ventaja a los despachos con más recursos económicos, pues eran los únicos que podían asumirlas. Ahora, sin embargo, esa misma tarea la realiza una IA a un coste muy similar para todos los operadores, lo que traslada el valor añadido de nuestra intervención a labores en las que lo relevante es el criterio humano.

¿Cuáles son tus próximos retos profesionales?

En primer lugar, seguir asentando las bases de mi carrera profesional como abogado, procurando mejorar técnica y humanamente en la medida de lo posible. Sabemos que esta es una carrera de fondo.

En segundo lugar, dar continuidad al proyecto de debate que hace cinco años me acogió entre sus brazos. Para ello tengo la suerte de contar con unos socios excelentes, con los que seguro que conseguiremos los objetivos propuestos para el club y para el Torneo Cicerón, ya emblema del IEB.

Y, a medio y largo plazo, me encantaría dedicar parte de mi carrera a la docencia universitaria en el grado en Derecho. Además, no descarto doctorarme.

Si tuvieras que resumir en una sola frase lo que has aprendido durante los últimos años ¿Cuál sería?

Hazlo con pasión, porque te gusta y no porque es lo que debes hacer. No he conocido a nadie que sea excelente y que deteste aquello a lo que se dedica. La gente extraordinaria lo es porque las horas se cuentan en negativo durante su jornada y porque la curiosidad no muere nunca. Si esta sensación no aparece en uno, creo que lo mejor es dar media vuelta y comenzar a buscar lo que la produzca.